14 mayo 2008

La hermanita


Y al final bastan unos segundos para hacer volar por los aires todo lo que uno creyó siempre. Y no es una pavada darse cuenta de que crecimos en el error y en el engaño de las falsas apariencias. Cuando nos damos cuenta de esto, se derrumba hasta la confianza en nuestra propia intuición, o peor aún, nos damos cuenta de que en realidad nunca existió tal intuición. Estamos solos.
Mariano y yo nos reencontrábamos después de veinte años sin vernos. Nos habíamos conocido en el ochenta y uno, dos meses antes de la muerte de su hermanita.
Ni bien conocernos congeniamos, en parte porque teníamos la misma edad y mucho en común, en parte porque ese día a él se lo veía mal de ánimo y muy drogado y a mí, pese a mis quince años, ya me empezaban a gustar los adictos a cualquier cosa por quienes sufrir.
Yo vivía con mamá, no porque lo prefiriera sino porque tenía miedo de que intentase suicidarse si le decía que me quería ir a vivir con papá. Por eso la odiaba, porque cada vez que no conseguía sus propósitos intentaba suicidarse. No es que me preocupase que se muriese, al contrario, pensar en su ausencia me tranquilizaba; lo que me preocupaba era llegar a quedarme con cargos de conciencia para siempre y tener que hacer terapia de por vida.
Mariano vivía con sus padres que eran la clase de padres que yo hubiese querido tener y con su hermanita Down de siete años. La nena había sobrevivido a la operación de una cardiopatía congénita, pero murió baleada poco tiempo después en un robo casual por un delincuente común que nunca más apareció.
-Mejor -había dicho mi madre cuando se enteró- si después crecía se iban a tener que hacer cargo para siempre de la chica mogólica.
Yo a ella le discutía todo, pero eso no se lo discutí porque desde hacía un par de años que había empezado a pensar por mí misma y me parecía estúpido discutir semejante idiotez pero sobre todo me parecía tristísimo el dolor tan silencioso de aquellos padres. Y por Mariano, que guardaba un silencio empecinado sobre el tema.
A papá también lo odiaba, más que nada porque sentía que nos había abandonado dejándome a mí la responsabilidad de los intentos de suicidio de mamá, pero vivir con él era más fácil, siempre me daba todo el dinero que le pedía y no lloraba a los gritos cuando alguien no estaba de acuerdo con lo que él decía.
Mariano y yo nos juntábamos en su casa a charlar, fumar porro y escuchar música casi todos los días. Siempre durante la noche cuando todos se habían ido a dormir.
A medida que íbamos creciendo, él se volvía más fanático de las drogas y cada vez hablaba menos con sus padres. Eso me llamaba la atención, porque ambos parecían buena gente pese a ser padres. Al viejo lo habían nombrado juez de algo. A mí no me gustaban mucho los jueces, pero el tipo este era buenazo y Mariano el hijo rebelde que lo hacía sufrir; por eso lo quería.
-Tené cuidado con esa gente que nadie llega a juez siendo buenazo -me decía mi mamá, que aunque a veces la acertaba, era la persona menos indicada para dar consejos.
Ellos eran simplemente los padres que yo hubiese querido tener y fuesen lo que fuesen y como fuesen, siempre habían querido a sus hijos y ese era el único verdadero deber de un padre.
Pero Mariano se cerraba cada vez más. No le hacía asco a ninguna droga nueva que le acercasen y se la pasaba leyendo libros de sustancias alucinógenas en los que el protagonista alcanzaba niveles elevados de sabiduría y se transportaba a mundos diferentes en base a ceremonias misteriosas y tragos de mescalina.
Quería ser "espiritual", decía.
-¿Te parece, Vero, que alguna vez podré tener paz espiritual? -me había preguntado muy seriamente un día.
Yo, en cambio, me iba volviendo fan de los libros de autoayuda sobre mujeres que aman demasiado. Un poco porque mamá se la pasaba leyéndolos, otro poco porque me hacían sentir superada entre tantos testimonios de mujeres desesperadas, y además, porque ya me gustaban a todas luces los drogadictos incluido Mariano.
Él insistía tanto con lo de la paz espiritual, que un día se fue a buscarla por el mundo con la plata de sus padres. Para ese entonces yo estaba viviendo con un fanático de la cocaína al que estaba empezando a odiar porque según mi psicóloga reflejaba mis propias frustraciones al no poder rescatarlo. Teníamos veintiuno o veintidós años.
Al principio nos escribimos algunas cartas; después de unos años yo me casé con un alcohólico por quien me la pasé sufriendo la siguiente década de mi vida hasta que lo odié. Mi amigo se metió en una secta de algo de la ciencia de la paz del alma en México y perdimos contacto.

-¿Y tus viejos cómo están? -me preguntaba después de veinte años, café por medio, reencuentro casual.
-Bien. Mamá, después de que papá se casó con una mujer de mi edad, se puso a estudiar reiki, reflexología y tirada de runas y ahora dicta clases para mujeres abandonadas sobre cómo autosuperarse y ser feliz.
Los padres de él seguían juntos, que era lo esperado y justo lo que yo hubiese querido de mis padres.
Se lo veía bien, tranquilo, independiente. Superado.
-Hay algo que nunca te conté -me dijo después de un rato de conversar trivialidades- ni a vos, ni a nadie... ¿Te acordás el día en que nos conocimos, que vos me dijiste que me veías mal?
-sí -le dije esperando una explicación infantil, ya vencida y desdibujada por el paso del tiempo.
-¿querés saber qué me pasaba?
-claro -le dije no muy segura.
Él tiró el cuerpo hacia delante y acercó su cara a la mía. Le veía por primera vez las arrugas cansadas alrededor de los ojos. Me miró fijamente durante unos segundos. Después, bajó la vista y susurró:
-ese día estaba mal, porque había escuchado una conversación privada entre mis viejos. Yo había salido. Me había olvidado un par de porros arriba de la cama y había vuelto en silencio para que no se diesen cuenta, entonces los oí. Estaban hablando de mi hermanita.
Hizo una pausa. Tuve una sensación incómoda. Desde la muerte de la nena, él nunca había hablado de ella. Vi que tenía la frente húmeda. Tomó aire, volvió a mirarme, y como escupiendo un horror atragantado durante tantos años agregó:
-estaban arreglando los últimos detalles para mandarla a matar.

09 octubre 2007

El señor Anselmo


El señor Anselmo se mudó a nuestro edificio un día de verano en el que el sol, brillaba hasta en las sombras. Esta contingencia estival y una apariencia sosegada, demoraron la sospecha sobre su naturaleza maligna.
Tan pronto como se instaló, ocupó también la baulera individual que le correspondía en el sótano.
Nosotras somos (o quizás debería decir "éramos") cinco. La construcción es antigua, planta baja y dos pisos, dos departamentos iguales pero enfrentados como espejo en cada uno. El hombre vivía en el segundo B, enfrente de doña Haydée y justo arriba de mí.
Lo primero que nos llamó la atención fueron los ruidos. Durante la primera semana se los atribuimos a la mudanza reciente, pero con el correr de los días advertimos que no sólo no disminuían, si no que noche tras noche sostenían la misma rítmica. Comenzaban entre las nueve y las diez, y no finalizaban si no hasta las doce, poco más o poco menos. No son sencillos de describir. Como si alguien danzase arrastrando los pies, o como si un silbido se deslizase contra el suelo.
Si bien nadie más que yo tenía acceso a los sonidos de forma tan rotunda, Irene, que a cualquier hora andaba limpiando los pasillos, aseguró haberlos escuchado en dos oportunidades.

-Era como un enorme susurro que salía por debajo de la puerta -declaró. Y no mentía.
También fue ella la primera en preocuparse. Quiso la suerte, que una tarde, justo en la entrada al sótano y antes de bajar, se demorase en una pequeña mancha que había sobre la pared y mientras la limpiaba con su delantal, escuchó la voz llorosa de Anselmo que repetía una y otra vez "... un conjuro...", dijo doña Irene.
Esa noche con Carmen de campana en el segundo piso, Eulalia en el primero y Haydée en el umbral del sótano, la mismísima Irene y yo bajamos a inspeccionarle la baulera. Fue rápido. Todo lo que había era un enorme arcón sin llave, que para sorpresa de todas, estaba vacío.
Debatiendo la cuestión "cofre de Anselmo", llegamos a la conclusión de que el tipo, era mucho más extraño de lo que parecía así que nos decidimos a seguirlo.
Como durante las dos o tres semanas siguientes no sucedió nada, empezamos a descuidar el tema, pero tal como dice la frase, "los ratones salen cuando el gato se distrae", un amanecer de la cuarta semana, me llamó Haydée entusiasmadísima para contarme que había visto entrar al hombre con una mujer la noche previa, pero que si bien él se había ido a trabajar, ella, aún no había salido.
Decida, fui a tocar el timbre del segundo B, mas al no recibir respuesta, reuní a mis cinco amigas y para el mediodía ya teníamos un plan.
Atamos un pedrusco en la punta de una cuerda y balanceándola desde la terraza, rompimos el vidrio que daba al dormitorio de Don Anselmo, después, desde mi patio, con mucha paciencia arrojamos un trapo embebido en combustible y encendido.
Apenas empezó a salir un atisbo de fuego por la ventana, tuvimos la cortesía de llamar a los bomberos.

Ellos tuvieron que tirar la puerta abajo para apagar el incendio.
Nos figurábamos que estaría el cadáver de la señorita de la noche anterior, pero no. Un sommier, la alfombra y una biblioteca colgante estaban íntegramente quemados, pero ningún cuerpo. Ni allí, ni en ningún otro cuarto, pero lo que en cambio nos llamó la atención, fue un arcón vacío idéntico al del sótano que inexplicablemente, había resistido al siniestro.

Cuando se estaban yendo los bomberos, llegó el viejo.
Irene le refirió cómo de repente, habíamos visto el humo "...y de casualidad que lo vimos...", dijo Irene.
Por suerte el tipo estaba tranquilo. Nos dio las gracias por haber pedido ayuda a tiempo "...antes que que alguien muera...", acotó, y se encerró en su departamento.

Entre todas nos miramos aliviadas por haber zafado de toda sospecha y lo que sucedió a continuación todavía no me deja dormir: el individuo, que apenas hacía unos segundos había entrado a su domicilio, abrió súbitamente la puerta y salió portando una maleta. A sus espaldas, sonriendo alegremente, una mujer joven, rubia y elegante, salió, nos guiñó un ojo y desapareció tras él por las escaleras.
Era todo muy raro.
Aquella noche desapareció Eulalia.
La buscamos por todos lados pero nunca más la encontramos.
Nosotras nos tenemos sólo a nosotras mismas. Somos (o quizás debería decir "éramos") un grupo de cinco mujeres solteras, sin familia y muy unidas desde la infancia. Que una desapareciese tan de improviso, era del todo ilógico.
Así fue que diseñamos el plan b.
Una noche que Anselmo bajó a sacar la basura, lo redujimos entre las cuatro.
No fue difícil: Yo le tiré insecticida a los ojos, y Haydée le pegó con la botella en la cabeza. Mientras caía, Carmen e Irene ya iban atándolo de pies y manos pero por las dudas yo me encargué de rematar el golpe con el tarro de aerosol.
Cuando volvió en sí, lo teníamos prisionero en el sótano. No duró mucho. Sentí un chasquido a mis espaldas y no recuerdo nada más, aunque Irene, que fue la última en desmayarse dijo sentir "...como si un viento fuerte me abofetease de repente...".
Cuando despertamos, Anselmo ya no estaba y también habían huido nuestras ilusiones de hallar a Eulalia.
Irene lloraba y decía que "...Eulalita... pobre Eulalita..." decía Irene.
Al día siguiente despareció Carmen. Eso fue decisivo. Entre las tres que quedábamos lo enfrentamos en la calle, delante de todo el mundo, cuando se marchaba a trabajar.
-¡Asesino! -le gritaba una.
-¡Demonio! -agregaba otra.
-¡Confiese, por favor confiese! -creo que le grité yo. Él: ¡ni vuelta se dio!
Esa misma mañana, a pesar de su ausencia, hizo desaparecer a Haydée.

Irene y yo estábamos tan atemorizadas que decidimos ir a la comisaría.
Como sabíamos de los retrasos burocráticos, optamos por lo rápido: lo acusamos de homicidio porque en esencia estábamos (estamos) seguras de su culpabilidad.
Irene dijo que había visto como ahorcaba a Carmen con sus propios ojos, "...recién recién..." dijo Irene.

Esa tarde el señor no volvió. Dedujimos que se lo habrían llevado detenido desde su trabajo.
La policía vino varias veces e hizo muchas preguntas, buscó, revisó y a los pocos días, el evidente asesino estaba de vuelta.
Nomás volver, nos informó con una calma tétrica que se iba.
En vez de subir, se fue para el sótano.
De repente, como si el infierno hubiera abierto sus puertas para nosotras, escuchamos con claridad los gritos de nuestras amigas.
Las dos bajamos corriendo las escaleras y cuando llegamos donde estaba el señor Anselmo, todo concluyó en un instante.
Él estaba de pie dentro de su arcón abierto y un segundo después, ya no estaba.
Un silencio confuso ocupó el lugar.
Nunca más lo volvimos a ver. Ni a Eulalia, ni a Carmen, ni a Haydée aunque una vez que íbamos caminando por Almagro, nos pareció ver a la rubia saliendo de un acuario. La seguimos como media cuadra, pero le perdimos el rastro cuando llegó a la esquina.
Ahora Irene y yo vivimos juntas en mi departamento.
No vamos a la baulera ni subimos al segundo piso mientras esperamos la venta de alguna de las propiedades para poder mudarnos.
Se hace difícil dormir de noche con todos esos ruidos danzando sobre nuestras cabezas.


25 septiembre 2007

Antes del desayuno


Genoveva se despertó como todas las mañanas con urgencia de café.
Aún sin poder abrir bien los ojos, se sentó en la cama y en la penumbra, vio que su hermana, en el lecho de al lado, estaba muerta.
El brazo le colgaba laxo fuera de las cobijas, casi señalando las dos tabletas vacías en el piso.
Bastó rozarle la cara con un dedo para sentir la mejilla gélida.
Desde abajo se oían los ruidos de su familia que se preparaba para empezar el día.
Se vistió sin prender la luz y corrió despacio los blísteres hasta esconderlos bajo el acolchado.
Pensó en acomodarle la mano flácida bajo las mantas, pero temió que ese gesto amable develase su conocimiento.
Salió de la habitación sin mirar, cerrando la puerta suavemente y bajó a la cocina.
La familia ya se había ido.
Como siempre, el café sin hacer.
Preparó la cafetera, la enchufó y se sentó a esperar.
Estaba contenta. Su hermana se hubiese merecido una muerte más densa que esa.
Mala persona. Hermana pérfida.
De nuevo todo para ella, dueña absoluta del guardarropa completo, el auto, el dormitorio. Nunca más compartir.
Las únicas molestias iban a ser madre y padre llorando.
Consolar a mamá y tranquilizar a papá, eran dos situaciones que se planteaban del todo desagradables, por eso se ahorraba dar la noticia.
Llamó por teléfono a Jimena y con la excusa de las vacaciones hizo los arreglos para pasar la noche en su casa.
Planificó el cuento:
-Me levanté y me fui a lo de Jime. Mariel se quedó durmiendo. Yo no quise despertarla. No me di cuenta. Dormía. Pensé que dormía. Por Dios, pensé que estaba dormida.
Se sentía falsa, pero el discurso era rotundo y la realidad increíble.
Después de ducharse se sentó a tomar el café recién hecho.
Divagaba sobre el vestido carmín, el de las disputas, cuando entró su hermana arrastrando los pies con cara de dormida.
Genoveva la miró fijamente sosteniendo el pocillo en alto.
-pensé que estabas muerta -comentó.
Mariel sonrió de modo extraño mientras arrojaba a la basura los envases de trapax vacíos. Se sirvió un café muy caliente. Algo nuevo le brillaba en los ojos.
-sí, ya sé, -replicó secamente- es por el frío.

27 diciembre 2006

El estanque














Hay distintos tipos de calor. Están los calores climáticos, los de la fiebre, la vergüenza o la pasión. Existe el calor de hogar o el del infierno, pero el de la casa del viejo era un calor distinto.
A Pablo lo llamaron por el panfleto que había pegado en la calle: "Clases de natación a domicilio".
La entrevista era para conocer al interesado y para evaluar si la pileta particular permitía las lecciones.
Pleno enero. Uno de los días más sofocantes del verano. Treinta y seis grados a la sombra, cuarenta y cuatro la sensación térmica y eso significa que no corría ni una ínfima brisa en toda la ciudad.
Lo recibió un viejo de mirada esquiva que llevaba una camisa y un pantalón desaliñados de tonalidades claras.
Entró.
Afuera el sol de las cuatro de la tarde. Adentro la penumbra. Con las persianas y las ventanas cerradas la sala estaba apenas iluminada por una lamparita de cuarenta wats, y el calor... el calor que había ahí era comparable al de estar en la cocina de una pizzería que hubiese estado funcionando un día entero sin ventilación.
El aire seco casi no dejaba respirar pero lo más sobrecogedor de esa atmósfera caliente era la fetidez. Imperaba un tufo ácido, como mezcla de orina y humedad o más bien de papa podrida. Si alguna vez olieron una papa putrefacta en el punto máximo de la delicuescencia saben a que me refiero.
A un costado del recibidor había un pasillo sombrío del que parecía provenir un silbido constante.
Atravesaron el living y salieron al jardín trasero en donde el ambiente era húmedo pero real. Una maraña de árboles que no dejaban ver el fondo, daban la sensación de un bosque interminable.
En el medio y rodeado de un revoltijo de yuyos sin podar, un estanque oscuro en donde era imposible nadar más de seis brazadas seguidas, intentaba hacer las veces de pileta.
-Yo sé que acá es difícil de practicar natación, pero tiene que ser acá por que yo no salgo desde que murió mamá.
El chico miró la superficie del agua estancada y creyó ver pasar a toda velocidad un cardume de renacuajos.
-por el agua no se preocupe que la voy a renovar este fin de semana y la profundidad es la adecuada aunque no sé cual es exactamente. Cuando murió mamá me vine muy abajo pero este año me decidí a cambiar, y entonces me llegó el cartelito suyo.
Entraron otra vez en la vivienda y el hedor pareció más fuerte.
Pablo se quería ir, pero el hombre lo hizo sentar en un sillón ajado que estaba sobre un desnivel elevado de la habitación. Desde allí, le sorprendió poder ver a través de una rendija de la persiana una parte del estanque.
-tendríamos que hablar de precios -dijo el viejo.
Y el zumbido desde el corredor que parecía aumentar hincándosele en la cabeza.
-Quisiera un vaso de agua por favor -pidió el muchacho.
El anciano desapareció en el pasillo y volvió en menos de un minuto con un vaso deslucido de agua casi caliente. Pablo humedeció sus labios y sintió nauseas.
Miró hacia el parque mientras sentía que el sudor le bajaba por la frente y la espalda. Le pareció que algo se movía en la podredumbre de la pileta. Dejó el vaso en una mesita desvencijada a su lado.
-la casa se vino abajo cuando murió mamá. Ella murió de repente y siempre se había hecho cargo de todo, entonces yo me dejé estar...
Con una creciente sensación de irrealidad Pablo miró al individuo decrépito y le pareció ver una mancha en el costado de su pantalón.
-La psicóloga me dice que tengo que relacionarme más con la gente, y usted es la primer persona que entra acá desde que murió mamá.
Para cerciorarse de que todavía existía el mundo sacudió la cabeza y miró hacia afuera. Algo flotaba en el estanque.
Se puso de pie y el universo le giró alrededor. Empezó a ir hacia la puerta de calle pero el anciano se paró adelante de el. Tenía un olor nauseabundo.
-¿Se siente mal? -le preguntó. La mancha de su pantalón se había extendido.
Pablo siguió caminando hacia la puerta dando brazadas y boqueando, intentando huir del aire asfixiante que parecía habitar en ese lugar mientras el zumbido crecía como una migraña aguda.
-¿se siente mal, querido?
Mientras caía en la oscuridad alcanzó a ver con pánico tras las espaldas del viejo en ese verano ardiente y en el fondo del pasillo la estufa, encendida al máximo.

18 junio 2006

¿A qué llamamos en la oscuridad?

Voy cediendo plácidamente al sueño.
Desde su cucha, me despiertan los gemidos de mi perro sufriendo una pesadilla.
Adormecida lo llamo y le ordeno subir a mi cama.
Él deja de soñar y por unos instantes reina el silencio en la negrura de la habitación.
Lo vuelvo a llamar hasta que advierto como trepa a mis pies y en la oscuridad se va acercando lentamente hacia mi rostro.
Noto la lentitud con que lo hace.
Siento su hocico frío olfateándome, la tibieza de su aliento en mi mejilla, una lamida suave. E
xtiendo la mano para recostarlo a mi lado.
Entonces, desde su cucha, oigo los gemidos de mi perro, tornando a su
pesadill
a.

cuentos, relatos, poemas

31 mayo 2006

El último día










Presentía la última noche.
Por hábito, antes de irse a dormir, revisó adentro del armario y debajo de la cama.
Apagó la luz.
Como tenía aprendido, relajó el pensamiento y desvaneció los fantasmas.
De a poco cedió al bienestar del sueño.
Desde adentro del placard emergió el puñal.
Desde bajo el lecho, la garra.
Con simétrica rutina se ejecutó el sacrificio.
Despertó en la mañana.
Una mañana igual, pero la última.


cuentos, poemas, relatos

24 mayo 2006

El cumpleaños











Mañana tengo un cumpleaños importante.
-Te vas a sentar en la mesa con los Fernández y los Gutiérrez -dijeron. Yo me pregunto quiénes son los Fernández y los Bermúdez. Con esos nombres, deben ser aburridísimos.
-¿Quienes son los Fernández y los Bermúdez?
-Gutiérrez -me corrigen-
El cumpleaños no es algo que se haga siempre y aunque en esencia es siempre el mismo, esta es la primera vez que es a todo lujo.
Hay que estar a las diez. Después cierran las puertas y no puede entrar nadie.
-¿Podré cambiar de asiento con alguien que tenga un mejor nombre, como por ejemplo Juan, o Jorge?
-Vos te sentás con Juan Fernández , Jorge Gutiérrez y sus señoras.
Espero que las señoras no se llamen Susana o Marta.
-Marta y Susana, ¿las conocés?
-Creo que no. Y que se va a comer?
-Por las dudas andá comida. Es posible que los Fernández se coman todo, aunque seguramente los Gutiérrez te van a defender, pero eso no garantiza que finalmente comas. Son buena gente. No le hagas caso al chusmerío.
-¿Qué chusmerío? ¿Chusmerío sobre quién, sobre los Fernández o sobre los Bermúdez?
-Gutiérrez -me corrigen.
Hay que ir de Gala me dijeron.
-Vos preocupate por el vestido. Marta va de rojo y Susana de azul, así que te conviene vestirte de amarillo.
Busco y busco pero no consigo un vestido amarillo.
Al fin encuentro uno de seda. Es de color marfil, con encaje. Espero que Marta y Susana no me miren mal.
Esa noche sueño que recorro lugares y lugares y el regalo nunca está porque un montón de Martas y Susanas, Fernández y Bermúdez ya compraron todo. Cuando me despierto, decido que no tiene sentido salir a recorrer lugares, si total Martas y Susanas ya compraron todo.
-No conseguí vestido amarillo, pero tengo uno marfil.
-Igual, son nada más que chismes. No creo que haya problemas.
Espero ansiosa el instante en que en mi reloj sean las diez, momento en el que entraré al salón vestida de marfil, con el corazón latiendo fuerte mientras escucho los gritos de horror de Marta y de Susana, que esperan verme llegar de amarillo, en tanto una multitud desesperada, comprueba para siempre si los chismes son sólo chismes.

Por suerte, en todos los cumpleaños hay gente que sobrevive para contar los cosas.
¿Los maridos irán en composé con las esposas?
-¿El señor Fernández y el señor Bermúdez cómo van a ir vestidos?
-Gutiérrez -me corrigen.

cuentos cortos, relatos breves, poemas

03 mayo 2006

Los vecinos

















Todas las noches, cuando al parecer todos duermen, un gato amarillo brinca a la cornisa de la casa de enfrente y llega a la ventana del primer piso.
Como en un ritual mudo, al cabo de un rato se enciende una tímida luz, unas manos se asoman y lo entran al aposento.
Inútil es saber que la escena se repite invariablemente noche tras noche.
Siempre me asustan esas manos vacías de cuerpo.
Sin embargo, en el lugar vive gente.
Por la mañana, después de las seis, sale un hombre agrisado, se sube al auto que está en la puerta, y se va.
Una hora después, la mujer también gris, y la hija impecable con guardapolvo y mochila escolar, se marchan taciturnas vereda abajo hasta perderse de vista en la curva de la calle.
Al cabo de unos instantes, sale mansamente el gato por la ventanita de la cocina y trepando, desaparece alegremente entre los techos.
Durante doce horas, la casa queda vacía.
Vuelven todos juntos en silencio.
A las diez de la noche se apagan las luces, pero antes, si mucho antes pasamos con disimulo cerca de la casa, no se escucha ningún sonido que venga de adentro. Ni música, ni televisor, ni conversaciones, ni voces de niña repasando la lección.
Después de apagarse la última ventana, se repite el rito del gato y de las manos.
Los sábados la casa permanece en silencio hasta las diez de la mañana. Entonces, en una ceremonia tácita, se van todos prolijamente juntos hasta el domingo a la noche.
A las once sale el gato, que no vuelve hasta el lunes.
Tampoco para el observador fortuito son una familia más. Si uno intenta acercarse para preguntar algo o saludar, ellos dan vuelta la cara o apuran el paso sin abandonar la gravedad y la mesura de sus actos.
Y jamás hablan entre si.
Una vez, tuve un problema en casa y se me ocurrió ir a pedir ayuda a mis vecinos; los del gato.
Admito mi naturaleza testaruda, porque en realidad, no los precisaba para cubrir esa necesidad y más que por eso fue por mi curiosidad insistente que los hechos terminaron como terminaron.
Yo vivo enfrente.
Era la hora en la que se suponía que estarían despiertos; las ocho.
Todo estaba iluminado, pero como siempre, desde afuera el silencio era fulminante.
El ruido del timbre se oyó con intensa nitidez, pero nadie respondió. Toqué un par de veces más, y sorprendida por la seguridad de que deberían estar dentro, se me ocurrió asomarme por uno de los ventanales del costado de la puerta.
Durante un segundo, el aire se me heló en el pecho y ahogué un grito sordo.
Estaban ahí. Los tres.
Mi primer impulso fue salir corriendo, pero noté que no me habían visto.
Era el living.
El padre y la madre estaban sentados cada uno en un sillón individual, y enfrentándolos en el sofá, estaba la chica.
Ella lloraba en silencio y cada tanto se secaba alguna lágrima o se limpiaba la nariz con la remera que tenía puesta.
La pareja parecía imperturbable. El hombre, que estaba de perfil, comía algo similar a una barra de chocolate negro reblandecida.
Entonces, cuando me dispuse a irme, la niña giró la cabeza y me vio.
Fue un segundo en el que se me congeló el alma.
Alcancé a ver como un ruego desesperado, y el intento inútil de disimular mi presencia.
Los padres torcieron la vista hacia donde yo estaba y se quedaron mirándome fijo durante el tiempo eterno que aguanté estar ahí.
Algún movimiento poco preciso, hizo que mis ojos se fijen en los de la mujer, y juro que jamás voy a olvidar el odio agudo que reflejaban.
Casi sin aire me aparté del lugar sin dar la espalda, hasta que estuve lejos.
Esa noche no dormí.
Me asomé a la ventana en la oscuridad y contemplé el ritual de las luces, las manos y el gato, pero esa vez noté algo diferente.
El animal se dio vuelta por un segundo infinito y me miró.
A la semana consulté para poner en venta la casa.
-Es curioso -dijo el joven de la inmobiliaria- hace unos días pusieron en venta la casa de enfrente tan económica que ya la vendieron.
Así que cancelé la venta de la mía.
Cuando salí a la mañana siguiente, me crucé a las dos mujeres.
No quería verlas, pero percibía la mirada de la chica tan insistente que mi vista se desvió hacia la suya.
Era súplica. Un pedido de ayuda que me asustó, y me llenó de culpa. Como cuando se sabe de algo malo que no se puede distinguir qué es como para poder impedirlo.
Sé que el miedo es inherente al hombre, pero no hay nada más detestable que la cobardía.
Caminé un par de cuadras alejándome de aquellos ojos y después de un rodeo volví a mi edificio.
Como siempre, salía el gato por la ventanita de enfrente.
Lo llamé. Él alzó la cabeza y me miró. Entonces, un rayo de sol se reflejó en sus pupilas brillantes y juro que vi en ellas, el mismo odio hirviente de la mujer.
Después, se escabulló en un ligero destello amarillo entre los techos de las casas de enfrente.
Volverá al caer la noche, como siempre, a la misma casa sin almas, y sin cuerpos.



cuentos, relatos, poemas

25 abril 2006

El paquete




















Valeria sale de su casa dando un portazo.

Mientras espera el ascensor, se seca con torpeza las últimas lágrimas.
Desde algún departamento vecino le llega el murmullo melancólico de un tango. Justo ahora, a ella, que no le gusta el tango.
Juan sale al pasillo enfurecido, la ve subir rápidamente al ascensor. Amaga gritar algo, pero se corta y se vuelve para adentro con otro golpe de puerta.
En la calle duda unos instantes sobre hacia adónde ir.
Todavía está temblando, pero lo disimula bien.
Le da un poco de miedo la noche, aunque en el fondo le atrae.
Se va para la avenida. Camina con paso decidido, con la cabeza en alto, con superioridad, sin mirar a la gente, como dándoles a entender que para ella, el mundo es algo fácil. Demostrando que es libre y fuerte.
En la prisión de su cabeza, los pensamientos le dan vueltas como una calesita.
Se le dividen las respuestas. La golpea la bronca. Se abre paso la angustia y la culpa.
Camina para ningún lado, con paso fuerte, hasta que el miedo allá adentro comienza a encogerse.
Quiere creer que su vida puede cambiar. Que un sincronismo mágico le cambiará el destino, pero la imágen desencajada de Juan, es como un arpón que la incrusta en la tierra.
A la vuelta de una esquina entra en un bar. Es un bodegón ruinoso.
Hay cuatro jugando al ajedrez. Parecen dos maquetas armadas de viejos polvorientos de boina y bandoneón.
Las paredes de azul oxidado se descascaran enmohecidas.
De fondo, suena el lógico tango desde un tocadiscos vetusto.
Durante un instante piensa en salir y seguir huyendo, pero hay algo en el ambiente que la invita a detenerse.
Se sienta en una mesa de fórmica pegajosa y se pide una gaseosa.
De a poco empieza a respirar mejor.
Un hombre aturdido, la mira desde la barra mientras sorbe un vino.
Un par de mujeres muy pintarrajeadas se dan vuelta como espiándola.
Una está muy teñida de rubio. La otra es una morocha desgreñada.
Comentan algo y se ríen. Deben tener cerca de cincuenta años.
Valeria siente que no es de allí. Sabe, que ese no es su territorio.
Presiente que en ese lugar sombrío, pasa algo a lo que no fue invitada. Algo que conjetura que no es suyo, pero que la vincula.
Una de las mujeres la está mirando fijo justo cuando alguien le toca el hombro.
Ella da un respingo asustada. Un individuo decrépito le pregunta si se puede sentar.
El bar le parece raro. La vida le parece rara. El aire se ha vuelto irreal.
El viejo se sienta.
Como todos los viejos de fonda, tiene el aliento rancio y la nariz grasosa como la frente. Todavía le nacen algunos pelos blancos y descuidados entre el brillo de la pelada.
-Vos sos la pibita del Turco, ¿no?.
El tipo está equivocado, pero ella no se molesta en decirle que no mientras le crece cierta incomodidad asfixiante
-Acá te doy lo que me mandó pedir.
Saca un paquete mediano envuelto en papel de diario y lo deposita en el centro de la mesa.
Valeria mira a su alrededor.
Las dos mujeres la miran sonriendo. El resto parece petrificado en sus ajedreces de piedra y madera. Va a decirle al viejo que se equivoca, pero este ya casi se ha ido.
La mujer morocha se levanta y sin pedir permiso se le sienta en la mesa.
-Te felicito, nena. Te lo debés haber ganado.
-No sé de que habla. El señor se equivocó. Yo no sé que es esto, ¿usted escuchó?, ni siquiera conozco a ningún turco -estira la mano y toca el paquete. Algo blando se le resbala entre los dedos detrás del papel.
-Vamos, Valeria- dice la mujer en un tono que a la chica le suena irónico- no te hagás la idiota. Ambas sabemos que te lo merecías.
Ante su nombre y el insulto, se le acelera el corazón y siente pánico. Algo no está bien. Esa gente de ahí no está bien. ¿O es ella la que no está bien? La mujer la mira gravemente.
Bajo la penumbra de la lamparilla que está justo sobre la mesa, le parece mucho más jóven de lo que le había parecido antes.
Quizás, tenga poco más de treinta años, pero está demasiado gastada, descuidada y pintada como una máscara.
Extiende la cabeza a una costado y observa a la otra mujer que está mirando hacia afuera.
-Ella también lo sabe -dice la morocha.
Hay un movimiento rápido que la chica no puede precisar.
Por un momento siente que está viviendo un sueño. Las cosas se le desdibujan, se alejan. La respiración se le dificulta. El tango se distorsiona.
La mujer de su mesa se incorpora y se le acerca.
Escucha como en un eco lejano que alguien le pregunta si está bién.
Ve una luz.
Oye una sirena. Debe ser la ambulancia. Un golpe.
Ve la luz, pero no está muerta.
-Te desmayaste piba -¿De dónde sacó que venía la ambulancia?- ¿Querés llamar a alguien?
Ella mira para todos lados.
Un par de ajedrecistas han dejado el juego y la miran extrañados.
La puerta del bar se cierra de golpe y ve a las dos mujeres que salen apresuradas.
El hombre de la barra la mira inútil desde la botella.
-¿Querés llamar a alguien, piba? -le repite el mozo con cara de "mejor andate".
De a poco se incorpora y mira la mesa.
El paquete no está.
Mira hacia afuera y ve a las mujeres terminando de meterse en un auto que ya está arrancando.
Valeria se levanta del piso y se sienta en la silla que está justo a su lado. En un susurro le pregunta al mozo cuánto es lo que le debe.
-No es nada nena, si no tomaste nada, quedate tranquila. Mejor andá lléndote a tu casa, que es tarde y tus padres deben estar preocupados ¿Cuántos años tenés?
Cada vez que se pelea con Juan, le dan mareos.
Justo cuando va a salir del bar, entra una chica que parece de su misma edad.
Ambas se miran en una fracción de segundo suspendida. Se sospechan en silencio y después siguen sus caminos cruzados.
En ese lugar se siente como una nena. A veces encuentra lugares o personas que la hacen sentir así.
Es hora de volver.
A lo lejos alguien da un portazo.
Tiene ganas de ponerse a llorar pero en cambio, empieza a susurrar un tango sin darse cuenta.

cuentos, relatos, poemas

17 abril 2006

El asesino piadoso


Un criminal abre un blog (desde un ciber cualquiera) y cuenta que cometerá un crímen.
Con premeditación, expone los datos completos de la víctima.
Se podría pensar que al decir a quien va a matar, el homicidio será más difícil porque la futura víctima al enterarse estará preparada, pero el asesino aclara que el homicidio será "algún día". No hoy, ni la semana que viene, ni el año que viene. Puede ser dentro un mes, dos años o veinte.
La víctima (a quien llamaremos Alexis), a partir de ahora vivirá sabiendo que tiene un asesino personal.
Durante un tiempo que le parecerá eterno, sentirá temor permanente. De a poco irá ganando confianza. Un día, habrá bajado la guardia por unos minutos, y en unos años se olvidará del asunto.
Por unos días.
Entonces, el asesino abrirá un nuevo post en el que le recordará que todavía no cumplió.
Alexis empieza a vivir en alarma nuevamente, esta vez, con la certeza de que alguien le sigue los pasos. Por algún motivo, siente que el asesino habla con la verdad.
La vida se le hace insoportable.
Ya no se relaja con el tiempo, al contrario, cada vez siente más desesperación.
El sueño y la noche, se tornan imposibles. El trabajo, y todo tipo de relaciones se resienten hasta que queda en la más absoluta soledad.
Entonces decide contratar un asesino a sueldo para que termine con su vida encontrando en esa eutanasia suicida, una suerte de venganza final.
Antes de morir, alcanza a leer el último post que le dedica el asesino:
"No es el dinero ni el odio lo que apura tu muerte. Es la piedad".

cuentos, relatos, poemas, literatura


04 abril 2006

Desde adentro


Escuchó por primera vez el ruido una tarde mientras leía "Casa tomada" en el porche. De repente, desde adentro de la casa donde no debería haber habido nadie, vino un sonido como de dos o tres pasos rápidos y el silencio.
Permaneció atemorizada del otro lado de la puerta, a la espera de oír algo más, pero no.
Cuando empezó a dudar de su oído, entró lentamente a su casa. La registró con cuidado y no encontró a nadie.
La siguiente vez que lo escuchó fue mientras entraba al baño. Desde afuera le llegó un sonido como de corridas y muebles atropellados. Paralizada contuvo el aire hasta que el ruido se detuvo. Después de un tiempo que no supo calcular, agarró el tubo del desodorante de ambiente, y esgrimiéndolo como si esto fuese a ofrecerle gran protección, salió lentamente del baño con el estómago endurecido.
Nada.
Por supuesto, la tercera vez, se acordó de las anteriores, pero el miedo no fue menor.
Estaba cerrando la puerta de su dormitorio para poder abrir el placard con comodidad. El ruido esta vez fue largo y bullicioso.
Alguien estaba corriendo por su casa, y esta vez, le pareció que había más de una persona.
Agarró la tijera que guardaba en su mesa de luz, y por primera vez dudó de salir antes de que los sonidos terminaran. Pero esperó, y obviamente, tampoco vio a nadie.
Aprendió a manejar lo de los ruidos viviendo con las puertas abiertas, hasta que una noche, al apagar la luz, lo sintió en su propio dormitorio y a su lado.
Con el corazón a punto de estallar, y el terror en la garganta, estiró la mano y de un golpe encendió la luz, pero al igual que las otras veces, no había nada.
A partir de allí, sus noches cambiaron para siempre.
Como cada vez que apagaba la luz, empezaban los ruidos que eran cada vez más fuertes y bullangueros, decidió dormir con las luces prendidas.
Previendo cortes de luz, compró una linterna que guardaba debajo de su almohada.
Descubrió que el tumulto aparecía siempre que ella no podía ver del otro lado, fuese detrás de una puerta, un armario, o cuando apagaba la luz, y entonces su vida se volvió más luminosa, y sus puertas se mantenían indefectiblemente abiertas.
Las pocas veces que escuchaba accidentalmente los ruidos, notaba que eran cada vez más violentos. Inclusive, una vez le pareció notar que había gritos en el bullicio.
La fatalidad la sorprendió una tarde tranquila, en la que se disponía a dormir una siesta.
Cerró los ojos con deleite y entonces lo escuchó.
Estuvo cuatro días sin dormir.
El último día, comenzó a gritar y a correr para evadir el sueño.
En eso estaba cuando se dio cuenta con pavor, que ahora ella era parte del ruido.

cuentos, relatos, poemas, literatura

28 marzo 2006

Arthur Conan Doyle

La cabeza del perro












Me arrellano en mi sillón junto a la chimenea donde crepita el fuego, con la copa de coñac en la mano derecha y la izquierda caída descuidadamente, acariciando la cabeza de mi perro...hasta que descubro que no tengo perro.

cuentos, relatos, poemas, sueños y pesadillas literarias

27 marzo 2006

No hay caso,

sigo sin aparecer en Google!

cuentos cortos, relatos breves, crónicas, pesadillas y otros desvaríos literarios

24 marzo 2006

Sin culpas


Hay veces en las que una llamada a tiempo, puede significar la diferencia entre la vida y la muerte. Un segundo que puede cambiar el destino. Una grieta, una bifurcación.
Luego iba a pensar en eso, porque en ese momento Julia no era capaz de reconocer siquiera el sonido de su propia voz, y sin embargo, sintió verdadera alegría al despertar aquella tarde. Una euforia como jamás había sentido ni volvería a sentir.
Si bien no entendía lo que había pasado, poco le importaba.
Estaba tirada en el piso de cerámica impecable de su casa. Su cuerpo y sus manos estaba limpios, sentía la cara hinchada y la boca seca y tenía en su mano agarrotada el candelabro de plata, pero faltaba el cadáver de Ariel.
Se incorporó despacio. No podía creer lo que veía. En donde debería haber un cuerpo muerto, había un piso de cerámica brillante. Nada en ella, en los dormitorios. Ni siquiera en el cesto de la basura, ni en el baño.
Se asomó a la ventana. Dos pisos abajo, estaba su auto esperándola tal como ella lo había dejado.
Levemente se preocupó por recordar, pero la euforia excedía todo pensamiento.
Si bien no estaba segura de nada (ni siquiera del engaño), la seguridad ahora le parecía lo de menos.
Bajó a la calle. El sol brillaba pálido. Entró en el auto abierto y arrancó.
Había conducido algunas cuadras cuando empezó a sentir un malestar extraño.
Le había llamado la atención por la mañana que las calles estuviesen casi desiertas.
Frenó el auto despacio unas cuadras más adelante y bajó. a respirar.
Se sentía cansada. La euforia que había sentido al despertar, la estaba dejando vacía, como sin energía.
En la vereda de enfrente, un par de ancianos la contemplaban asombrados.
Ella se miró las manos, el cuerpo, se miró en el espejito retrovisor del auto pero no vió nada raro. Sabía que las miradas deberían ser parte de su paranoia inevitable.
Se subió al auto y recorrió las calles solitarias. Había algo extraño en el ambiente.
Llamó del celular a su marido. Nadie la atendía.
¿Porqué llamar a un muerto?. Marcó el número de informes. Nada. Podía llamar a "la otra", pero no. No tenía a nadie a quién llamar.
Decidió perderse en la avenida.
No eran muchos los autos que circulaban, y sentía las miradas en el suyo, como si estuviese cubierto de sangre.
Volvió a bajar y lo inspeccionó. Abrió el baúl.
Algo estaba definitivamente muy mal, pero no sabía que.
Ella lo había matado, y sin embargo, el cadáver había desaparecido.
Lo que en un principio había sido euforia, se iba convirtiendo de a poco en temor.
Pensó en la locura o inclusive en la posibilidad de un castigo infernal por haber matado a un hombre. Aunque ni siquiera sabía si realmente lo había matado y ni siquiera estaba segura de que hubiese habido un engaño y ya tampoco sabía de un marido o una infidelidad.
Siguió con el auto unas horas más, hasta que oscureció.
Sentía la fiebre en sus mejillas. Detuvo el auto en una calle lateral, y entre miedos y temblores, se durmió.



Primero la voz, primero las notas, primero las cartas, primero el teléfono, siempre la confusión.
Todo lo que Julia necesitaba para cambiar su vida era un segundo.
El silencio, el sonido, el llamado, el tono, la otra, desde el otro lado de la línea.
Venía arrastrándose desde hacía tiempo.
El abandono, el ahogo, el despecho, la desconfianza, y ahora la ansiedad.
Encarar la situación había ocupado su mente en el último año, pero el miedo siempre ahí, sin dejar paso al cambio.
Ahora su mente era una llama. Le ardía la cabeza y los ojos, como si el pensamiento desbordante se le escapase.
Murmuraba lo que diría, imaginaba respuestas, se contestaba a si misma, siempre dejando en claro que la verdad era suya. Pero no podía reconocerse ni a si misma.
El llamado todavía estaba detrás, y era lo único que estaba presente en su pensamiento.
Ideas que se mezclaban, asociaciones geniales pero sin freno. De repente todo se unía y hasta el más pequeño detalle resurgía hilvanando la tela de la certidumbre.
No había odio, sólo dolor, por ahora. Y no tenía pensado matar a nadie, aunque imploraba el castigo divino.
Estaba también, la esperanza del error.
Un año sin querer saber. Aún sin querer saber, pero inevitable hacerlo.
El encuentro, la carta, el llamado.
La ansiedad por sobre todas las cosas. El miedo absurdo de confirmar lo cierto.
El no le negó nada. Ella esperaba escuchar un perdón desesperado, un ruego, un juramento de amor único que le permitiría hacerse rogar hasta perdonar altiva y triunfante, pero lo único que hubo fue el silencio y el mirar hacia abajo.
La angustia se fue, y vino el odio.
Lo que más le dolió después, fue que nunca planeó nada, el impulso atroz, la fuerza y el sentimiento fuerte de que solamente un segundo se precisaría para volver atrás y contener el golpe definitivo. El arrepentimiento terrible. Saber que ese instante fatal le había cambiado la vida tanto y para siempre.
Dejó la puerta del auto abierta porque la ansiedad le entorpecía los movimientos y le inflaba el cerebro. La calle estaba desierta.
Subió los escalones rápido pero torpemente, sin esperar el ascensor.
Entró en el departamento y lo encontró asomado a la ventana mirando la nada. Él se dio vuelta y la miró sorprendido por la hora temprana.
-No entiendo -dijo ella en un susurro tembloroso- no entiendo cuándo empezó. cómo no me di cuenta.
El bajó la mirada. Podía sentir la rabia contenida de su mujer.
El silencio la hacía estremecer.
-¿Qué pensaban hacer?¿Cuánto tiempo pensaban seguir sin decirme nada?
-Pensábamos decírtelo hace un mes. Pero no sabíamos como. No queríamos lastimarte.
La mujer tragó saliva y respiró profundo. Ahora venía el momento de no tener palabras. Ahora tenía que golpearlo con fuerza hasta que entendiese lo terrible de lo que habían hecho.
No podía entender que ese hombre le dijese con tanta impunidad palabras tan huecas como aquellas. "No queríamos lastimarte", "Lo hicimos por vos" "Yo siempre te voy a querer".
-Contame todo -dijo respirando con dificultad.
-¿Para qué querés saber? Va a ser peor.
La rabia le daba golpes punzantes en todo el cuerpo.
La sensación incontrolable de que ellos podrían haberlo evitado. De que se lo habían hecho a propósito.
Sonó el teléfono. El se quedó quieto y ella miró el identificador.
-Atendé -ordenó.
Él esperó, pero ella le gritó que atienda.
-Estoy charlando con Julia. Después te llamo.
Entonces, fatalmente se dio la vuelta afirmando su destino. El tono íntimo. La exclusión, el "después" en dónde ella no existía hicieron que algo se rompa en su cabeza.
Julia agarró uno de los candelabros que adornaban la mesa, se le abalanzó de repente con un grito de odio y le golpeó en la cabeza con brutalidad desquiciada.
Con el primer golpe el se dio vuelta sorprendido, el segundo lo hizo caer. Con velocidad vino el tercero que lo desmayó sin darle tiempo a darse cuenta de lo que estaba pasando. Y siguió golpeando una y otra vez hasta que estuvo muerto y siguió hasta que casi no quedó cara ni cráneo y hasta que no tuvo fuerzas y el odio fue un sollozo infantil y vino la calma. Entonces quizo morir ella, pero en vez de eso se recostó al lado del cuerpo con arrepentimiento brutal, pero sin culpas.
No se arrepentía de haber matado a alguien, se arrepentía por lo que había cambiado de su propia vida. Él, ahora, no era más que un muerto capaz de marcarle para siempre el futuro. Antes, le había dado la seguridad de saberse casada. La social, la económica. La de ser una dama. La que temía que otra le quitase.
Ahora lo único que había era el estorbo de su crimen.
Y todo estaba rojo.

La despertó un hombre rechoncho con cara de preocupación. Era un día brillante. Había pasado la noche en el auto y le dolía todo el cuerpo.
El hombre le mostraba el cartel de prohibido estacionar. Se dio cuenta que otras personas estaban mirándola también.
Se miró las manos. Limpias.
La cara desgreñada pero sin sangre.
Un segundo, era lo que había pedido para que su destino cambie. Siempre, toda la vida había pedido ese segundo. Una bifurcación.
Arrancó el auto sin contestarle a nadie, y estacionó a las dos cuadras.
Llamó por teléfono a su casa. La atendió una inesperada voz de mujer.
Pidió por su marido. Temiendo escuchar algo sobre el crimen, mintió cuando le preguntaron quien era. No sentía culpa por haberle quitado la vida a un hombre. Por lo único que se arrepentía, era por el giro bestial que podría tomar su vida de ser cierto aquello.
-Una amiga -mintió cuando le preguntaron quién era.
¿Había habido un asesinato? En su mente sin duda, pero quizás aún estaba a tiempo de elegir.
En esos pensamientos estaba cuando reconoció o recordó la voz.
Unas cartas, un mensaje, la sospecha desde hacía un año, los celos manipuladores, y el detonante: la llamada en el momento preciso que había decidido el futuro.
Su propia voz (o mejor dicho, la de la otra) hablándose a sí misma, entrando en la bifurcación de su destino desdoblado.
Para siempre, sin culpas.





cuentos, poemas, relatos, literatura

16 marzo 2006

Los Justos / Jorge Luis Borges













Un hombre que cultiva un jardín, como quería Voltaire.
El que agradece que en la tierra haya música.
El que descubre con placer una etimología.
Dos empleados que en un café del Sur juegan un silencioso ajedrez.
El ceramista que premedita un color y una forma.
Un tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada
Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto.
El que acaricia a un animal dormido.
El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho.
El que agradece que en la tierra haya Stevenson.
El que prefiere que los otros tengan razón.
Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo
.


cuentos cortos, relatos breves, poemas

10 marzo 2006

Julio Cortázar

Progreso y retroceso
Inventaron un cristal que dejaba pasar las moscas. La mosca venía, empujaba un poco con la cabeza y pop ya estaba del otro lado. Alegría enormísima de la mosca. Todo lo arruinó un sabio húngaro al descubrir que la mosca podía entrar pero no salir, o viseversa, a causa de no se sabe qué macana en la flexibilidad de las fibras de este cristal que era muy fibroso. En seguida inventaron el cazamoscas con un terrón de azúcar adentro, y muchas moscas morían desesperadas. Así acabó toda posible confraternidad con estos animales dignos de mejor suerte.


cuentos, relatos cortos, sueños, pesadillas

09 marzo 2006

Casi siempre escribo sobre matar.
Yo no mataría ni una mosca,
tampoco Norman Bates.



















cuentos, poemas, sórdidos o felices, sueños y pesadillas literarias

07 marzo 2006

L.A ...P.I.E.D.R.A

Saqué a pasear a mi perro con su collar.
Una mujer jóven y elegante, iba caminando por la calle adelante mío.
Cada tanto se agachaba a mirar cosas en la zanja o en los canteros.
Yo la pasé, y cuando llegué a la esquina me detuve a juntar la mierda.

Entonces, ella se acercó a mi muy despacio y se me quedó mirando.
Pensé que me iba a decir algo sobre mi perro y su caca.
-Me encontré una piedrita y no la puedo tener, ¿La querés?
Y me dió un azulejito chiquito y sin valor.
Le dí las gracias.

Ella se quedó ahí, mirándome mientras yo volvía a mi casa.
La mierda en una mano y la piedrita en la otra.
A veces es azul.
Ahora está al lado del teclado.
He pensado en tirarla, pero me da culpa.
La pongo de dijecito en el collar de mi perro, y los saco a pasear.

Cuentos, relatos, desvaríos literarios, literatura

04 marzo 2006

S..i..n......t..í..t..u..l..o

Hoy pasé el Blog. Cuento por cuento y color por color.
El nombre del otro no me gustaba, y como por lo que leí, no se puede cambiar la url, cerré el otro y abrí este.
Fue uno de esos instantes de pelotudez que uno tiene, porque debería haber dejado abierto el otro y poner la nueva dirección. De todas formas, me parece que nadie entra.
Recorriendo otros blogs, me encontré con blogs abandonados desde hace tiempo, con posteos que no predicen para nada su suerte.
¿Me pregunto que será de la vida de aquella gente que los abrió?
Podrían haberse cansado, pero también podrían haberse muerto.
¡Qué vanal y poco comprometida es la vida de las relaciones virtuales!
En los blogs abandonados, tengo la sensación de estar flotando en un espacio silencioso. Como de ingravidez.